cita de Ayn Rand que me ha encantado:
Cuando advierta que para producir necesita obtener autorización de quienes no producen nada; cuando compruebe que el dinero fluye hacia quienes trafican no bienes, sino favores; cuando perciba que muchos se hacen ricos por el soborno y por influencias más que por el trabajo, y que las leyes no lo protegen contra ellos sino, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra usted; cuando repare que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un autosacrificio, entonces podrá afirmar, sin temor a equivocarse, que su sociedad está condenada". Ayn Rand (1950) Atlas shrugged
miércoles, 7 de septiembre de 2011
sábado, 3 de septiembre de 2011
Importancia: Alta
No quiero, señor presidente, que se quite de en medio sin dedicarle un
recuerdo con marca de la casa. En esta España desmemoriada e infeliz estamos
acostumbrados a que la gente se vaya de rositas después del estropicio. No
es su caso, pues llevan tiempo diciéndole de todo menos guapo. Hasta sus más
conspicuos sicarios a sueldo o por la cara, esos golfos oportunistas
-gentuza vomitada por la política que ejerce ahora de tertuliana o
periodista sin haberse duchado- que babeaban haciéndole succiones
entusiastas, dicen si te he visto no me acuerdo mientras acuden, como
suelen, en auxilio del vencedor, sea quien sea.
Esto de hoy también toca esa tecla, aunque ningún lector habitual lo tomará
por lanzada a moro muerto. Si me permite cierta chulería retrospectiva,
señor presidente, lo mío es de mucho antes. Ya le llamé imbécil en esta
misma página el 23 de diciembre de 2007, en un artículo que terminaba: «Más
miedo me da un imbécil que un malvado».
Pero tampoco hacía falta ser profeta, oiga. Bastaba con observarle la
sonrisa, sabiendo que, con dedicación y ejercicio, un imbécil puede
convertirse en el peor de los malvados. Precisamente por imbécil.
Agradezco muchos de sus esfuerzos. Casi todas las intenciones y algunos
logros me hicieron creer que algo sacaríamos en limpio. Pienso en la
ampliación de los derechos sociales, el freno a la mafia conservadora y
trincona en materia de educación escolar, los esfuerzos por dignificar el
papel social de la mujer y su defensa frente a la violencia machista, la
reivindicación de los derechos de los homosexuales o el reconocimiento de la
memoria debida a las víctimas de la Guerra Civil. Incluso su campaña para
acabar con el terrorismo vasco, señor presidente, merece más elogios de los
que dejan oír las protestas de la derecha radical. El problema es que buena
parte del trabajo a realizar, que por lo delicado habría correspondido a
personas de talla intelectual y solvencia política, lo puso usted, con la
ligereza formal que caracterizó sus siete años de gobierno, en manos de una
pandilla de irresponsables de ambos sexos: demagogos cantamañanas y frívolas
tontas del culo que, como usted mismo, no leyeron un libro jamás. Eso,
cuando no en sinvergüenzas que, pese a que su competencia los hacía
conscientes de lo real y lo justo, secundaron, sumisos, auténticos
disparates. Y así, rodeado de esa corte de esbirros, cobardes y analfabetos,
vivió usted su Disneylandia durante dos legislaturas en las que corrompió
muchas causas nobles, hizo imposibles otras, y con la soberbia del rey
desnudo llegó a creer que la mayor parte de los españoles -y españolas, que
añadirían sus Bibianas y sus Leires- somos tan gilipollas como usted. Lo que
no le recrimino del todo; pues en las últimas elecciones, con toda España
sabiendo lo que ocurría y lo que iba a ocurrir, usted fue reelegido
presidente. Por la mitad, supongo, de cada diez de los que hoy hacen cola en
las oficinas del paro.
Pero no sólo eso, señor presidente. El paso de imbécil a malvado lo dio
usted en otros aspectos que en su partido conocen de sobra, aunque hasta
hace poco silbaran mirando a otro lado. Sin el menor respeto por la verdad
ni la lealtad, usted mintió y traicionó a todos. Empecinado en sus errores,
terco en ignorar la realidad, trituró a los críticos y a los sensatos,
destrozando un partido imprescindible para España. Y ahora, cuando se va
usted a hacer puñetas, deja un Estado desmantelado, indigente, y tal vez en
manos de la derecha conservadora para un par de legislaturas. Con monseñor
Rouco y la España negra de mantilla, peineta y agua bendita, que tanto nos
había costado meter a empujones en el convento, retirando las bolitas de
naftalina, radiante, mientras se frota las manos.
Ojalá la peña se lo recuerde durante el resto de su vida, si tiene los
santos huevos de entrar en un bar a tomar ese café que, estoy seguro, sigue
sin tener ni puta idea de lo que vale. Usted, señor presidente, ha
convertido la mentira en deber patriótico, comprado a los sindicatos,
sobornado con claudicaciones infames al nacionalismo más desvergonzado,
envilecido la Justicia, penalizado como delito el uso correcto de la lengua
española, envenenado la convivencia al utilizar, a falta de ideología
propia, viejos rencores históricos como factor de coherencia interna y
propaganda pública. Ha sido un gobernante patético, de asombrosa indigencia
cultural, incompetente, traidor y embustero hasta el último minuto; pues
hasta en lo de irse o no irse mintió también, como en todo. Ha sido el
payaso de Europa y la vergüenza del telediario, haciéndonos sonrojar cada
vez que aparecía junto a Sarkozy, Merkel y hasta Berlusconi, que ya es el
colmo. Con intérprete de por medio, naturalmente. Ni inglés ha sido capaz de
aprender, maldita sea su estampa, en estos siete años
arturo perez reverte
No quiero, señor presidente, que se quite de en medio sin dedicarle un
recuerdo con marca de la casa. En esta España desmemoriada e infeliz estamos
acostumbrados a que la gente se vaya de rositas después del estropicio. No
es su caso, pues llevan tiempo diciéndole de todo menos guapo. Hasta sus más
conspicuos sicarios a sueldo o por la cara, esos golfos oportunistas
-gentuza vomitada por la política que ejerce ahora de tertuliana o
periodista sin haberse duchado- que babeaban haciéndole succiones
entusiastas, dicen si te he visto no me acuerdo mientras acuden, como
suelen, en auxilio del vencedor, sea quien sea.
Esto de hoy también toca esa tecla, aunque ningún lector habitual lo tomará
por lanzada a moro muerto. Si me permite cierta chulería retrospectiva,
señor presidente, lo mío es de mucho antes. Ya le llamé imbécil en esta
misma página el 23 de diciembre de 2007, en un artículo que terminaba: «Más
miedo me da un imbécil que un malvado».
Pero tampoco hacía falta ser profeta, oiga. Bastaba con observarle la
sonrisa, sabiendo que, con dedicación y ejercicio, un imbécil puede
convertirse en el peor de los malvados. Precisamente por imbécil.
Agradezco muchos de sus esfuerzos. Casi todas las intenciones y algunos
logros me hicieron creer que algo sacaríamos en limpio. Pienso en la
ampliación de los derechos sociales, el freno a la mafia conservadora y
trincona en materia de educación escolar, los esfuerzos por dignificar el
papel social de la mujer y su defensa frente a la violencia machista, la
reivindicación de los derechos de los homosexuales o el reconocimiento de la
memoria debida a las víctimas de la Guerra Civil. Incluso su campaña para
acabar con el terrorismo vasco, señor presidente, merece más elogios de los
que dejan oír las protestas de la derecha radical. El problema es que buena
parte del trabajo a realizar, que por lo delicado habría correspondido a
personas de talla intelectual y solvencia política, lo puso usted, con la
ligereza formal que caracterizó sus siete años de gobierno, en manos de una
pandilla de irresponsables de ambos sexos: demagogos cantamañanas y frívolas
tontas del culo que, como usted mismo, no leyeron un libro jamás. Eso,
cuando no en sinvergüenzas que, pese a que su competencia los hacía
conscientes de lo real y lo justo, secundaron, sumisos, auténticos
disparates. Y así, rodeado de esa corte de esbirros, cobardes y analfabetos,
vivió usted su Disneylandia durante dos legislaturas en las que corrompió
muchas causas nobles, hizo imposibles otras, y con la soberbia del rey
desnudo llegó a creer que la mayor parte de los españoles -y españolas, que
añadirían sus Bibianas y sus Leires- somos tan gilipollas como usted. Lo que
no le recrimino del todo; pues en las últimas elecciones, con toda España
sabiendo lo que ocurría y lo que iba a ocurrir, usted fue reelegido
presidente. Por la mitad, supongo, de cada diez de los que hoy hacen cola en
las oficinas del paro.
Pero no sólo eso, señor presidente. El paso de imbécil a malvado lo dio
usted en otros aspectos que en su partido conocen de sobra, aunque hasta
hace poco silbaran mirando a otro lado. Sin el menor respeto por la verdad
ni la lealtad, usted mintió y traicionó a todos. Empecinado en sus errores,
terco en ignorar la realidad, trituró a los críticos y a los sensatos,
destrozando un partido imprescindible para España. Y ahora, cuando se va
usted a hacer puñetas, deja un Estado desmantelado, indigente, y tal vez en
manos de la derecha conservadora para un par de legislaturas. Con monseñor
Rouco y la España negra de mantilla, peineta y agua bendita, que tanto nos
había costado meter a empujones en el convento, retirando las bolitas de
naftalina, radiante, mientras se frota las manos.
Ojalá la peña se lo recuerde durante el resto de su vida, si tiene los
santos huevos de entrar en un bar a tomar ese café que, estoy seguro, sigue
sin tener ni puta idea de lo que vale. Usted, señor presidente, ha
convertido la mentira en deber patriótico, comprado a los sindicatos,
sobornado con claudicaciones infames al nacionalismo más desvergonzado,
envilecido la Justicia, penalizado como delito el uso correcto de la lengua
española, envenenado la convivencia al utilizar, a falta de ideología
propia, viejos rencores históricos como factor de coherencia interna y
propaganda pública. Ha sido un gobernante patético, de asombrosa indigencia
cultural, incompetente, traidor y embustero hasta el último minuto; pues
hasta en lo de irse o no irse mintió también, como en todo. Ha sido el
payaso de Europa y la vergüenza del telediario, haciéndonos sonrojar cada
vez que aparecía junto a Sarkozy, Merkel y hasta Berlusconi, que ya es el
colmo. Con intérprete de por medio, naturalmente. Ni inglés ha sido capaz de
aprender, maldita sea su estampa, en estos siete años
arturo perez reverte
Iniciado por Leolfredo Ver Mensaje
No estoy de acuerdo. De esos que llamas "masa de canis y cazurros" pueden salir cosas muy positivas si se consigue su favor y alinearlos en una dirección común, positiva para todos.
De hecho, el Imperio se construyó en una época en que los astros y los canis se alinearon creando una simbiosis imbatible durante unas cuántas décadas.
Así es, pero desgraciadamente en nuestra historia se pueden encontrar también muchos otros ejemplos de cómo unos pocos consiguieron alinearlos en una dirección común, pero sólo positiva, finalmente, para uno o unos pocos. Por no señalar la clave de que muchos de esos resultados (si no, casi todos), incluso correctamente encauzados, finalmente fueron a parar a beneficio de inventario de cuatro gatos oportunistas o personal ambicioso sin ningún tipo de escrúpulo.
Ahora que estamos bajo la lenta agonía de otra restauración borbónica y comprobamos los resultados históricos de sus reinados (con la entrada de cada nuevo Borbón perdemos territorio, el pueblo transcurrido un tiempo de largo plazo es empobrecido, se instaura una camarilla o grupito alrededor del monarca parásito, etc, etc) quisiera que recordáramos, las que a mi modesto entender constituyen algunas "similitudes" vergonzantes con el reinado de Fernando VII y nuestro actual monarca.
En especial, la imágen ínclita del susodicho subido a un carro, todo contento, afirmando aquello de "sigamos la senda de la Constitución y yo el primero" (perdónenme si yerro en la cita, pero mis neuronas se niegan a trabajar más para mí), y todo el pueblo tirando del carro con sus manos, recalco esto, con sus manitas al haber desaparecido una gran mayoría de animales de carga después de la Guerra de Independencia frente a la invasión napoleónica. Imágen que a mí y a otras amistades se nos vino a la cabeza, después de escuchar el mensaje navideño pasado (2010) de D. Juan Carlos afirmando que "todos" debíamos de esforzarnos, en fín, arrimar el hombro para salir de la crisis
De aquél "sigamos", hemos pasado al actual "sigamos la senda de la Democracia" juancarlista. Del vaciamiento, destrozo, persecución, oposición y rechazo a la constitución que supuso el reinado fernandino, podemos comprobar pasados treinta y tanto años de reinado juancarlista la desaparición real de la democracia en España. Gran oportunidad histórica perdida para instaurarla. Uno de los mayores éxitos de este Borbón y la camarilla o chusma política que le rodea y le adora es haber logrado convencer a casi toda la población española de que vive en una democracia. Sin separación de los tres poderes (legislativo, ejecutivo y judicial) que diría Montesquieu, sin consultas populares alguna sobre la voluntad o la opinión del pueblo en tema alguno (salvo contadas excepciones), estamos ante una mera apariencia formal de democracia. Existe un sólo poder, omnímodo, con 3 funciones diferentes (legislativa, ejecutiva y judicial)
Al huevo (imágen de la democracia), se le ha vaciado todo su contenido y queda esa cáscara, inerme que cumple la función fantástica de pantalla, detrás de la que la partitocracia cleptómana (camarilla) que padecemos ha instaurado y extendido a todas las capas sociales la lacra de la corrupción. Todo ello bajo el reinado de este Borbón, por supuesto.
______________________________
Viendo los datos del mes de agosto de las bajas de las afiliaciones a la Seguridad Social:
El verano de 2011, peor que el de 2010 para el empleo - Libre Mercado
Y, de antemano, considerando que tales datos no reflejan con mucho la realidad laboral española, ya que mucha gente está trabajando sin contrato legal alguno, por lo que ni siquiera fueron dados de alta ni afiliados a la Seguridad Social, es obvio que nos espera el último millón de parados más.
Estos cientos de miles de trabajadores que engrosarán nuestras abultadas listas de paro, van a constituir el último millón de parados más amargo (si cabe acáso tal adjetivo) que tengamos. Las cifras van a alcanzar el 30% de paro real de toda nuestra población activa.
Espeluznante: el paro está extendiendo y extenderá la miseria por toda nuestra geografía. Como en el chiste de los dos obreros que están en las torres de Chamartín y uno por accidente cae por el hueco de la escalera, el otro obrero le pregunta "¡¡¡Paco ¿qué tal estás?!!! y el otro le responde ¡¡¡De momento, bien, cuando llegue al suelo ya te contaré".
Estamos aproximandonos a ese "suelo", pero todavía no hemos "llegado" o "chocado" con él. ¿Supondrá un shock, devendrá en un posterior estallido social?
En primer lugar, quiero señalar lo que a todos luces, debe ser un marco de referencia para todos nosotros que debemos ser capaces de conocer la realidad, describirla, sin despegarnos ni un milímetro de ella: al "todo vale", al relativismo de toda conducta mala, le han seguido los efectos del mal (que siempre es personal, individual, causado por unos determinados individuos), entre ellos la ruina económica (por el robo y saqueo de éstos). Después del declive económico, de la deflación, le sigue la debacle social.
La tenemos en ciernes, mirando alrededor nuestro. Aumentan las depresiones, las angustias, la delincuencia (y como "nuevo" fenómeno, robar comida en supermercados o tiendas, para alimentarse; en fín, lo que se conocía hace décadas por el denominado "robar gallinas").
¿Qué es necesario para que prenda la mecha? Seguirá la sumisión. Lo que sucede es que cuando las cosas se pongan realmente mal, como diría don Salvador de Madariaga, aparecerá nuestro carácter, nuestro volkgeist: LA PASION. Aguantamos carros con carretas, ni protestamos, maldecimos y cuando ya otros pueblos, su sociedad, habría protestado, votado y cambiado las cosas varias veces, nosotros seguimos erre que erre españoleando, aguantando, mareando la perdiz... hasta que ¡ojo!, salta y entra en juego la pasión. Don Salvador afirmaba que es lo que caracteriza a los españoles, a diferencia de los franceses e ingleses. Eso y la navaja. No la navaja de Ockham. No el análisis contínuo de la realidad.
Ya existen barrios "frontera" en nuestras ciudades: Madrid, Barcelona, Sevilla, Bilbao. Altas tasas de paro, delincuencia, suicidios, pobreza. Cada vez, con más frecuencia, empiezan los altercados: peleas entre grupos "étnicos", todo según los Mass Mierda obedece única y exclusivamente a la delincuencia: ajustes de cuentas, robos, droga, etc.
El caldo de cultivo se extiende. Algunas ranas se han cocido en el caldero. Este empieza a ser un mundo posible mucho peor y aquí sí que hay saltos. En la naturaleza hay saltos bruscos. También en la naturaleza humana. También en la sociedad.
Mi opinión, en contra de muchos mixtificadores, de muchos mete-miedo profesionales al servicio de la chusma política, es que ya se ha encendido la luz roja. Hay mucha gente que ha perdido, y está perdiendo casi todo. También hay mucha gente que no tiene nada que perder. Se dan ya condiciones para estallidos sociales, primeramente fragmentarios, laborales, de determinados barrios o zonas con un 60% o más de paro.
Al declive demográfico que padecemos, se vá unir la emigración interior (de zonas sin trabajo a ciudades, por eso de que hay "más oportunidades") y nuestra emigración al exterior (y no precisamente por las becas erasmus).
____________________
Muchas gracias a todos por vuestras aportaciones y soportarme estas parrafadas.
Todo está atado y bien atado
El glorioso Movimiento Nacional del siglo XXI
La sorprendente noticia de que el Gobierno, con el apoyo del PP y del PSOE, aprobarán a matacaballo una reforma constitucional a petición de "los mercados", evidencia una vez más, desgraciadamente, la exactitud de los juicios de Ácratas sobre la ficción democrática de la política española. En noviembre de 2008 decíamos:
“La génesis de los partidos políticos recientes en España es sospechosa de contubernio mafioso, de ocultación interesada y de estafa de lesa humanidad. Para crear los necesarios nuevos partidos democráticos virtuales, hubo que reciclar a la clase adherida a los Presupuestos del Estado franquista y, como evidenciaremos, fue de un rocambolesco modo: En primer lugar, se obvió al único partido político existente entonces, el PCE, financiado por la Unión Soviética y perseguido por Franco durante 40 años, con órdenes de infiltrarse en todos los estamentos del Estado, especialmente en el Sindicato Vertical, lo que se exteriorizó en las activísimas Comisiones Obreras, que acabaron por acogerse a la protección de la Iglesia para evitar el exterminio.
La España franquista había dividido el poder entre capitalistas (banqueros y grandes familias), Iglesia (opusdeístas) y falangistas: Dinero, Dios y Patria. El capital, ante la muerte inminente del tirano que tan rentable les había resultado, programó el cambio político para que todo siguiera igual, al menos respecto a sus intereses económicos.
La UCD —centro democrático, ¡olé qué huevos!— fue creada por un ex Ministro Secretario General del Movimiento, Adolfo Suárez. Es decir: un falangista. Y junto a él militaron churras y merinas: digo, falangistas y opusdeístas. Pero eso era, en primer lugar, un gatuperio, porque se odiaban a muerte; y, en segundo lugar, algo manifiestamente insuficiente ante la opinión pública, porque evidenciaba la continuidad del Partido Único.
Como estrategia paralela, horneada en una serie de reuniones secretas, se decidió, pues, la creación de dos partidos más: AP y PSOE. El primero, formado por la derechona eclesiástica iracunda; y el segundo, por la ex-Falange. Lo primero era sencillo, y lo llevó a cabo Manuel Fraga Iribarne, ex-Ministro de Franco. Lo segundo requería de una sofisticada jugada política, para lo que se tuvo en cuenta a un grupo de jóvenes sevillanos que encabezaba un ex-falangista llamado Felipe González, becario de la Falange hasta el final de la carrera; becado para estudiar en Lovaina por el Cardenal de Sevilla; y abogado laboralista en ejercicio. Se protegió al incipiente partido, sustituto del histórico PSOE, y se dio órdenes a la Policía para que no se les molestase bajo ningún concepto.
La reconversión del agónico PSOE en el exilio resultó difícil, porque los históricos, aunque viejitos, vieron el fraude. En Suresnes, en octubre de 1974, se finiquitó el marxismo, cosa imprescindible para homologar el invento, y se consolidó el liderazgo del mayor funambulista político de la Historia de España. La CIA estuvo detrás y el dinero, a maletas llenas, vino de Alemania, de parte de un vendido a EEUU, que lideró el socialismo alemán hasta 1974, que se llamaba Willy Brandt, y cuya política de apoyo continuó bajo el mandato del siguiente canciller alemán, Helmut Schmidt.
Cuando en España se unieron la Junta Democrática y la Plataforma de Convergencia (Democracia Cristiana y PSOE), ya estaban infiltradas por el PSOE falangista, listo para dar el golpe de mano y arrebatar el liderazgo al PCE y a los demócratas de verdad, que eran poquísimos, pero intelectualmente inquebrantables. Alguno sigue vivo, y podrá desmentir mis asertos si no digo la verdad. No penséis que tiene nada extraño el asunto... La Falange, seguidora del nazismo alemán y del fascismo italiano, era un movimiento socialista nacionalista que, lo mismo que su peor enemigo, el socialismo internacionalista, eran la reacción al capitalismo europeo y a la democracia burguesa. Nunca anduvieron ideológicamente lejos falangistas y socialistas...
Aunque la CIA seguía insistiendo en la ilegalización permanente del PCE, como en Alemania, ello no era posible en España, porque el PC constituía la única legitimidad “democrática” real de los últimos 40 años de tiranía. La Iglesia, finalmente, avaló ambos extremos del arco partitocrático. “El PCE no será problema, razonó, porque los comunistas no han sido jamás demócratas, y se avendrán al contubernio partitocrático por la cuenta que les trae”. Y así fue: Carrillo, bajo las órdenes de la Internacional, aterrizó en España dispuesto a cualquier pacto.
Una vez conocido el origen falangista del PSOE, nada extraño tiene, pues, que su principal órgano del comunicación —y también el de la progresía socialista—, El País, fuera fundado y dirigido por el hoy académico de la Lengua, Juan Luis Cebrián, a la sazón, en 1974, jefe de los servicios informativos de RTVE con Arias Navarro. Es decir: falangista hasta la médula, hijo de falangista (Vicente Cebrián alto cargo de la Prensa del Movimiento y director del diario Arriba).
Con todo el acuerdo cerrado, España acudió a las urnas —que ya eran partitocráticas de nacimiento—, en 1977. Esas primeras Cortes se autoinvistieron como constituyentes y parieron la peor Constitución posible: aprovechando la existencia de ETA (sólo de eso), atribuyendo a Euskadi un nacionalismo sociológico inexistente entonces, ampliaron el problema a Cataluña, donde no existía más que en gente como el banquero Pujol —el imputado como desfalcador de Banca Catalana— y, ¡oh sorpresa!, lo exportaron también al resto de las regiones españolas, en lo que fue un escándalo insostenible para todos los españoles con más de tres neuronas conectadas entre sí.
Naturalmente, los extremistas no se vieron compelidos a la paz mientras se paría el contubernio, y no sólo ETA siguió matando, sino que la reacción nazi inició una razzia de asesinatos cuyo culmen fue la matanza de abogados comunistas de Atocha, en enero de 1977. Y también es consecuente el hecho de que, cuando los generales Armada y Milans del Bosch —ambos monárquicos, el primero, preceptor del Rey— dieron el Golpe de estado de 1981, lo hicieron no sólo de acuerdo con el Rey, sino también con el PSOE, que consintió en colaborar con varios ministros en el Gobierno de Concentración golpista, bajo el manto institucional de la Corona. De lo que se trataba, en realidad, era de volver al Movimiento Nacional-Sindicalista de siempre: al orden preconstitucional. Y, como colofón, se entenderá que la primera medida, a los pocos días de llegar al Gobierno el PSOE, de los ex-becados Mariano Rubio y Miguel Boyer, fuera arremeter contra Rumasa, nacionalizándola, cobrando una cuenta pendiente con el díscolo opusdeísta José María Ruíz Mateos. Lucha entre facciones franquistas, en definitiva.
En resumen: la partitocracia española fue —y es aún— una refundación del Glorioso Movimiento Nacional, una división en dos para convertir la tiranía de Franco en una dictablanda alternante entre derecha teológica y derecha nacional-sindicalista. Supongo que ahora el lector entenderá el porqué de la promulgación de la Ley de Amnistía de 1977, que exoneraba a todos los fascistas de sus crímenes. ¿Quién puede creerse, ahora, que la ley de la Memoria Histórica sea algo más que un entretenimiento para el público, si la preconiza un personaje como Zapatero, que consiguió su plaza como profesor de derecho constitucional ¡gracias a que su abuelo era el Decano del Colegio de Abogados de León, amigo íntimo de Francisco Franco y puntal del Régimen en su provincia!?
¿Entiende ahora el lector el porqué de la omertá, del silencio de los medios ante cualquier atisbo de revelación de la verdad? España tiene pendiente aún la ingente tarea de la fundación de la Democracia, que no ha conocido jamás en toda su Historia. Y habrá que hacerlo desde cero y con sangre, sudor y lágrimas. Porque lo que tenemos enfrente sigue siendo el franquismo sociológico, liderado por los cachorros de los asesinos y los dictadores de entonces.”
Y aquí está la evidencia, en este septiembre de 2011: más allá de ficciones sobre irreconciliables posturas de izquierda-derecha, de progresismo versus neoliberalismo, un par de semanas antes de la disolución de las Cortes Generales por ZP, sin duda el peor Presidente del Gobierno que haya tenido jamás la putocracia española, los dos partidos, PP y PSOE, votan en total y feliz acuerdo una reforma constitucional a petición de los acreedores de España, de la banca francesa y alemana, representados por los fantoches Merkel y Sarkozy. España está intervenida desde marzo de 2010. Pero esta medida es el colmo: a partir de ahora, los Presupuestos Generales del Estado deberán ser aprobados por la Presidencia del Consejo de Europa para tener validez en nuestro territorio nacional. Esa pérdida de soberanía es la condición que los acreedores de esos manirrotos --que nos desgobiernan en el Estado y cada una de las 17 comunidades autonómicas o en los 8.116 municipìos españoles, sus mancomunidades y las 51 diputaciones provinciales-- para que les sigan dando crédito para sus despropósitos. En febrero de 2009 explicábamos así esta refundación del Glorioso Movimiento Nacional:
“Las democracias pueden ser inorgánicas u orgánicas. En las inorgánicas cada ciudadano interviene en las decisiones públicas a través de su Diputado; en las orgánicas el ciudadano se integra en una corporación y elige al delegado que en una cámara va a defender sus intereses concretos.
En la democracia partitocrática española, degeneración del régimen franquista, las trazas de democracia orgánica se traslucen en las prácticas políticas al margen de la Constitución. La actual Monarquía de Partidos finge ser una democracia inorgánica; pero somete: los derechos individuales, al dictado de las altas finanzas, las corporaciones económicas y, cada vez menos, los sindicatos; y los derechos políticos, a los intereses de los partidos y de quienes los financian.)”
Pero hay otro evidente síntoma que nos avisa de que hemos vuelto a los peores tiempos del franquismo: los dos sindicatos mayoritarios han vuelto a unirse permanentemente –observad que Toxo y Méndez siempre salen juntos en la televisión, con los logos de sus dos sindicatos en el mismo color a sus espaldas, evidenciando su procedencia del sindicato único vertical. Como aquél, son estatales. Como aquél, se muestran impotentes ante el franquismo representado por el Movimiento Nacional, que monopoliza el Estado Y que los financia.
El franquismo jamás se fue. Ya lo advertimos a nuestros lectores en febrero de 2009:
“Los partidos españoles son hijos del franquismo y herederos de su “democracia orgánica”, jerárquica y disciplinada —del mismo modo, los sindicatos heredaron la verticalidad del Nacionalsindicalismo—. Los partidos practican esa seudo-democracia orgánica en su vida interna, y la proyectan en sus relaciones con los demás partidos para el reparto del poder. Por tanto, los partidos ni siquiera acatan la Constitución que les exige ser internamente democráticos.
A la ciudadanía nos está vedada la participación incluso en ese remedo de democracia, y nuestros derechos políticos se reducen a acudir a las urnas como romeros cada cuatro años. Así es como se asignan los cupos de reparto en el Parlamento, donde los diputados tampoco acatan la Constitución cuando obedecen el mandato imperativo de los líderes de sus partidos.
Orgánicamente, el Parlamento elige al Presidente del Gobierno quien, desde ese momento, detenta un mando verticalista sobre los poderes Ejecutivo y Legislativo. Elegido el Poder Judicial desde el Parlamento, la seudo-democracia "orgánica" se remacha y el Presidente ordena y manda omnímoda e impunemente. Como el antiguo dictador.
Y el pueblo español, en eterna prolongación del franquismo, sigue gracias a este artefacto sin protagonizar su propia Historia.”
ÁCRATAS
El glorioso Movimiento Nacional del siglo XXI
La sorprendente noticia de que el Gobierno, con el apoyo del PP y del PSOE, aprobarán a matacaballo una reforma constitucional a petición de "los mercados", evidencia una vez más, desgraciadamente, la exactitud de los juicios de Ácratas sobre la ficción democrática de la política española. En noviembre de 2008 decíamos:
“La génesis de los partidos políticos recientes en España es sospechosa de contubernio mafioso, de ocultación interesada y de estafa de lesa humanidad. Para crear los necesarios nuevos partidos democráticos virtuales, hubo que reciclar a la clase adherida a los Presupuestos del Estado franquista y, como evidenciaremos, fue de un rocambolesco modo: En primer lugar, se obvió al único partido político existente entonces, el PCE, financiado por la Unión Soviética y perseguido por Franco durante 40 años, con órdenes de infiltrarse en todos los estamentos del Estado, especialmente en el Sindicato Vertical, lo que se exteriorizó en las activísimas Comisiones Obreras, que acabaron por acogerse a la protección de la Iglesia para evitar el exterminio.
La España franquista había dividido el poder entre capitalistas (banqueros y grandes familias), Iglesia (opusdeístas) y falangistas: Dinero, Dios y Patria. El capital, ante la muerte inminente del tirano que tan rentable les había resultado, programó el cambio político para que todo siguiera igual, al menos respecto a sus intereses económicos.
La UCD —centro democrático, ¡olé qué huevos!— fue creada por un ex Ministro Secretario General del Movimiento, Adolfo Suárez. Es decir: un falangista. Y junto a él militaron churras y merinas: digo, falangistas y opusdeístas. Pero eso era, en primer lugar, un gatuperio, porque se odiaban a muerte; y, en segundo lugar, algo manifiestamente insuficiente ante la opinión pública, porque evidenciaba la continuidad del Partido Único.
Como estrategia paralela, horneada en una serie de reuniones secretas, se decidió, pues, la creación de dos partidos más: AP y PSOE. El primero, formado por la derechona eclesiástica iracunda; y el segundo, por la ex-Falange. Lo primero era sencillo, y lo llevó a cabo Manuel Fraga Iribarne, ex-Ministro de Franco. Lo segundo requería de una sofisticada jugada política, para lo que se tuvo en cuenta a un grupo de jóvenes sevillanos que encabezaba un ex-falangista llamado Felipe González, becario de la Falange hasta el final de la carrera; becado para estudiar en Lovaina por el Cardenal de Sevilla; y abogado laboralista en ejercicio. Se protegió al incipiente partido, sustituto del histórico PSOE, y se dio órdenes a la Policía para que no se les molestase bajo ningún concepto.
La reconversión del agónico PSOE en el exilio resultó difícil, porque los históricos, aunque viejitos, vieron el fraude. En Suresnes, en octubre de 1974, se finiquitó el marxismo, cosa imprescindible para homologar el invento, y se consolidó el liderazgo del mayor funambulista político de la Historia de España. La CIA estuvo detrás y el dinero, a maletas llenas, vino de Alemania, de parte de un vendido a EEUU, que lideró el socialismo alemán hasta 1974, que se llamaba Willy Brandt, y cuya política de apoyo continuó bajo el mandato del siguiente canciller alemán, Helmut Schmidt.
Cuando en España se unieron la Junta Democrática y la Plataforma de Convergencia (Democracia Cristiana y PSOE), ya estaban infiltradas por el PSOE falangista, listo para dar el golpe de mano y arrebatar el liderazgo al PCE y a los demócratas de verdad, que eran poquísimos, pero intelectualmente inquebrantables. Alguno sigue vivo, y podrá desmentir mis asertos si no digo la verdad. No penséis que tiene nada extraño el asunto... La Falange, seguidora del nazismo alemán y del fascismo italiano, era un movimiento socialista nacionalista que, lo mismo que su peor enemigo, el socialismo internacionalista, eran la reacción al capitalismo europeo y a la democracia burguesa. Nunca anduvieron ideológicamente lejos falangistas y socialistas...
Aunque la CIA seguía insistiendo en la ilegalización permanente del PCE, como en Alemania, ello no era posible en España, porque el PC constituía la única legitimidad “democrática” real de los últimos 40 años de tiranía. La Iglesia, finalmente, avaló ambos extremos del arco partitocrático. “El PCE no será problema, razonó, porque los comunistas no han sido jamás demócratas, y se avendrán al contubernio partitocrático por la cuenta que les trae”. Y así fue: Carrillo, bajo las órdenes de la Internacional, aterrizó en España dispuesto a cualquier pacto.
Una vez conocido el origen falangista del PSOE, nada extraño tiene, pues, que su principal órgano del comunicación —y también el de la progresía socialista—, El País, fuera fundado y dirigido por el hoy académico de la Lengua, Juan Luis Cebrián, a la sazón, en 1974, jefe de los servicios informativos de RTVE con Arias Navarro. Es decir: falangista hasta la médula, hijo de falangista (Vicente Cebrián alto cargo de la Prensa del Movimiento y director del diario Arriba).
Con todo el acuerdo cerrado, España acudió a las urnas —que ya eran partitocráticas de nacimiento—, en 1977. Esas primeras Cortes se autoinvistieron como constituyentes y parieron la peor Constitución posible: aprovechando la existencia de ETA (sólo de eso), atribuyendo a Euskadi un nacionalismo sociológico inexistente entonces, ampliaron el problema a Cataluña, donde no existía más que en gente como el banquero Pujol —el imputado como desfalcador de Banca Catalana— y, ¡oh sorpresa!, lo exportaron también al resto de las regiones españolas, en lo que fue un escándalo insostenible para todos los españoles con más de tres neuronas conectadas entre sí.
Naturalmente, los extremistas no se vieron compelidos a la paz mientras se paría el contubernio, y no sólo ETA siguió matando, sino que la reacción nazi inició una razzia de asesinatos cuyo culmen fue la matanza de abogados comunistas de Atocha, en enero de 1977. Y también es consecuente el hecho de que, cuando los generales Armada y Milans del Bosch —ambos monárquicos, el primero, preceptor del Rey— dieron el Golpe de estado de 1981, lo hicieron no sólo de acuerdo con el Rey, sino también con el PSOE, que consintió en colaborar con varios ministros en el Gobierno de Concentración golpista, bajo el manto institucional de la Corona. De lo que se trataba, en realidad, era de volver al Movimiento Nacional-Sindicalista de siempre: al orden preconstitucional. Y, como colofón, se entenderá que la primera medida, a los pocos días de llegar al Gobierno el PSOE, de los ex-becados Mariano Rubio y Miguel Boyer, fuera arremeter contra Rumasa, nacionalizándola, cobrando una cuenta pendiente con el díscolo opusdeísta José María Ruíz Mateos. Lucha entre facciones franquistas, en definitiva.
En resumen: la partitocracia española fue —y es aún— una refundación del Glorioso Movimiento Nacional, una división en dos para convertir la tiranía de Franco en una dictablanda alternante entre derecha teológica y derecha nacional-sindicalista. Supongo que ahora el lector entenderá el porqué de la promulgación de la Ley de Amnistía de 1977, que exoneraba a todos los fascistas de sus crímenes. ¿Quién puede creerse, ahora, que la ley de la Memoria Histórica sea algo más que un entretenimiento para el público, si la preconiza un personaje como Zapatero, que consiguió su plaza como profesor de derecho constitucional ¡gracias a que su abuelo era el Decano del Colegio de Abogados de León, amigo íntimo de Francisco Franco y puntal del Régimen en su provincia!?
¿Entiende ahora el lector el porqué de la omertá, del silencio de los medios ante cualquier atisbo de revelación de la verdad? España tiene pendiente aún la ingente tarea de la fundación de la Democracia, que no ha conocido jamás en toda su Historia. Y habrá que hacerlo desde cero y con sangre, sudor y lágrimas. Porque lo que tenemos enfrente sigue siendo el franquismo sociológico, liderado por los cachorros de los asesinos y los dictadores de entonces.”
Y aquí está la evidencia, en este septiembre de 2011: más allá de ficciones sobre irreconciliables posturas de izquierda-derecha, de progresismo versus neoliberalismo, un par de semanas antes de la disolución de las Cortes Generales por ZP, sin duda el peor Presidente del Gobierno que haya tenido jamás la putocracia española, los dos partidos, PP y PSOE, votan en total y feliz acuerdo una reforma constitucional a petición de los acreedores de España, de la banca francesa y alemana, representados por los fantoches Merkel y Sarkozy. España está intervenida desde marzo de 2010. Pero esta medida es el colmo: a partir de ahora, los Presupuestos Generales del Estado deberán ser aprobados por la Presidencia del Consejo de Europa para tener validez en nuestro territorio nacional. Esa pérdida de soberanía es la condición que los acreedores de esos manirrotos --que nos desgobiernan en el Estado y cada una de las 17 comunidades autonómicas o en los 8.116 municipìos españoles, sus mancomunidades y las 51 diputaciones provinciales-- para que les sigan dando crédito para sus despropósitos. En febrero de 2009 explicábamos así esta refundación del Glorioso Movimiento Nacional:
“Las democracias pueden ser inorgánicas u orgánicas. En las inorgánicas cada ciudadano interviene en las decisiones públicas a través de su Diputado; en las orgánicas el ciudadano se integra en una corporación y elige al delegado que en una cámara va a defender sus intereses concretos.
En la democracia partitocrática española, degeneración del régimen franquista, las trazas de democracia orgánica se traslucen en las prácticas políticas al margen de la Constitución. La actual Monarquía de Partidos finge ser una democracia inorgánica; pero somete: los derechos individuales, al dictado de las altas finanzas, las corporaciones económicas y, cada vez menos, los sindicatos; y los derechos políticos, a los intereses de los partidos y de quienes los financian.)”
Pero hay otro evidente síntoma que nos avisa de que hemos vuelto a los peores tiempos del franquismo: los dos sindicatos mayoritarios han vuelto a unirse permanentemente –observad que Toxo y Méndez siempre salen juntos en la televisión, con los logos de sus dos sindicatos en el mismo color a sus espaldas, evidenciando su procedencia del sindicato único vertical. Como aquél, son estatales. Como aquél, se muestran impotentes ante el franquismo representado por el Movimiento Nacional, que monopoliza el Estado Y que los financia.
El franquismo jamás se fue. Ya lo advertimos a nuestros lectores en febrero de 2009:
“Los partidos españoles son hijos del franquismo y herederos de su “democracia orgánica”, jerárquica y disciplinada —del mismo modo, los sindicatos heredaron la verticalidad del Nacionalsindicalismo—. Los partidos practican esa seudo-democracia orgánica en su vida interna, y la proyectan en sus relaciones con los demás partidos para el reparto del poder. Por tanto, los partidos ni siquiera acatan la Constitución que les exige ser internamente democráticos.
A la ciudadanía nos está vedada la participación incluso en ese remedo de democracia, y nuestros derechos políticos se reducen a acudir a las urnas como romeros cada cuatro años. Así es como se asignan los cupos de reparto en el Parlamento, donde los diputados tampoco acatan la Constitución cuando obedecen el mandato imperativo de los líderes de sus partidos.
Orgánicamente, el Parlamento elige al Presidente del Gobierno quien, desde ese momento, detenta un mando verticalista sobre los poderes Ejecutivo y Legislativo. Elegido el Poder Judicial desde el Parlamento, la seudo-democracia "orgánica" se remacha y el Presidente ordena y manda omnímoda e impunemente. Como el antiguo dictador.
Y el pueblo español, en eterna prolongación del franquismo, sigue gracias a este artefacto sin protagonizar su propia Historia.”
ÁCRATAS
viernes, 2 de septiembre de 2011
Mario Conde: “Cuando veo la vocación de súbdito de los españoles me asusto”
Póngase como ministro de Economía tras las elecciones: ¿cuáles son las tres primeras medidas que adopta?
Un plan de país a medio y largo plazo. No algo coyuntural para salir del paso, evitar repuntes de deuda y cosas así: un diagnóstico de dónde estamos y cómo y dónde podemos crecer. Un análisis empresarial de nuestra realidad económica. A continuación, poner al sistema al servicio de financiar ese crecimiento y no al revés. Y desarrollar las condiciones laborales y de régimen tributario que hicieran posible ese plan. Pero eso no es un cometido de un ministro. Ni siquiera de un gobierno, sino de la sociedad. Un plan que tendría que ser sometido a la consideración no sólo de los partidos, sino de las instituciones que conforman la hoy famélica sociedad civil.
Usted tiene un diagnóstico para la crisis.
Está claro. Nosotros nos hemos gastado un dinero que no hemos ganado. Hemos vivido del ahorro de los europeos, básicamente, y hasta de los chinos. Y cuando tú te gastas un dinero que no tienes lo que debes hacer es ganarlo para pagar lo que debes. La economía española tiene una deuda de unos tres billones, aproximadamente, y para entendernos, nuestro Producto Interior Bruto es de un billón. Es decir: debemos tres años de trabajar sin comer. Una de dos: o te perdonan la deuda o te pones a trabajar para eso.
Pobre del que tenga que explicar esto a los españoles.
Es que nos vamos a un tema antropológicamente muy delicado. Llevamos siglos viviendo con la noción de progreso. Poco a poco esa noción ha ido transitando del progreso cualitativo (mejor modo de vivir) a más cantidades de bienes que posees; es decir: mejor igual a más. Hay un libro magnífico de René Guenon que lo explica muy bien: se llama El reino de la cantidad y los signos de los tiempos. ¿Qué está pasando ahora? Que la generación que viene rompe con ese modelo que ha sido inveterado y tiene que trabajar más para vivir peor. Esto es un choque conceptual muy profundo que revela que algo va a pasar y sociológicamente tiene unas consecuencias que no sabemos cuáles van a ser. Va usted a ingresar menos, va usted a tener menos bienes y va usted a vivir peor. ¿Por qué? Porque lo hemos gastado. O sea que usted tiene que trabajar para reparar los errores que han cometido otros.
¿Qué se ha hecho mal?
Esa pregunta me la hizo un sobrino mío hace ya un tiempo. Me dijo: yo he hecho exactamente lo que me habéis pedido. Me he casado, tengo dos hijos, me bebo mis copas, me agarro algún ciego, me fumo unos canutos pero no todo el día, he pasado por la Universidad… tengo 33 años y no tengo trabajo. Y no tengo esperanza de tenerlo. Además estoy endeudado hasta las cejas con una hipoteca porque me habéis dicho que eso es lo que tengo que hacer para tener acceso a una cosa que llamáis propiedad. ¿Qué habéis hecho mal? Luego viene que, como consecuencia de habernos gastado el dinero que no tenemos, se producen unos valores en la sociedad. Pero hace mucho que ya sabemos que la ciencia de los valores es posterior. El valor es el resultado de una conducta. Si una conducta consiste en acumular, acumular y acumular el valor que resulta es la codicia, claro. Pero no se educa a la gente diciéndole: “Usted tiene que ser codicioso”. No, se le dice: “Usted tiene que tener cuantos más bienes, mejor”.
No es fácil de entender.
Es muy difícil explicarle a la gente que cada vez que un Estado europeo le da a la maquinita e inventa 100.000 millones tu camisa vale menos, tu trabajo vale menos, tu salario vale menos, tu casa vale menos y tus oportunidades son menores. Porque tenemos un elemento que sirve de regla de medir, que es el dinero, e inventar el dinero es en contrapartida una expropiación del valor. Esto no se ha explicado. El que nosotros hayamos entregado el poder de darle la máquina a Europa significa que los problemas de los terceros se nos vienen encima a nosotros. ¿Pero qué ocurre ahora? ¡Que nosotros hemos sido el problema!
¿Se ha tirado la casa por la ventana?
Aquí, en Chaguazoso, somos sesenta vecinos. Hay días en los que yo he visto tres audis. España es el país consumidor de audis per cápita más alto de Europa. El problema es que ahora ganar lo que debemos es muy complicado.
Los alemanes lo hicieron.
¿En qué año cae el Muro de Berlín? 1989. ¿Qué es lo que significa? A una economía basada en el mercado y la acumulación de riqueza, se le añade un destrozo. Un destrozo humano de gente que no está en su mayor parte capacitada, ciudades en estado de abandono… Pero los alemanes tienen un concepto que es muy suyo, que es el de la Gran Alemania, y deciden sacrificarse para integrar. Reducen su nivel de vida, pero lo invierten en la integración de Alemania. Ésa es una enseñanza que sólo podía fundamentarse en una cosa: el concepto de Alemania. Un alemán está dispuesto a sacrificarse por un alemán. Por un griego no. Por un español no. Y además no hay ninguna razón para que lo haga. En Europa le van a dar dinero de nuevo a un país que no se sabe cuántos funcionarios tiene. ¡No están censados! El Estado griego ha mentido en sus cuentas y el que le ha ayudado a mentir se llama Goldman Sachs. Ese banco americano ha organizado un desperfecto tremendo en EE UU y le han dado cantidades ingentes de dinero de la Reserva Federal. El CEO (Chief Executive Officer) de Goldman Sachs gana después de la crisis 28 millones de dólares. El CEO de Goldman Sachs en Europa es el futuro presidente del Banco Central Europeo. No son juicios de valor. Éste es el modelo en el que estamos.
¿Cómo se cambia?
La gente ha optado por mirar para otro lado. Lo trágico del asunto es que algunos imbéciles creemos que aquí hay una oportunidad. Porque para que haya una oportunidad tiene que haber una ocasión de desastre, y más desastre que esto es complicado. Hay comedores sociales llenos. El otro día el carpintero que vino aquí a echarme una mano me contó que su mujer trabaja en un centro de acogida de mayores. Hasta 2006 los hijos y los nietos llevaban a sus padres y abuelos. Ahora van a por ellos. Los recogen y se los llevan para casa porque el único ingreso que les entra es el de la pensión, y con la pensión de los abuelos están pagando la hipoteca de los nietos. La perversión del sistema no puede ser mayor.
Hay gente que no ha optado por mirar para otro lado. Ha salido a la calle, ha protestado.
El movimiento de los indignados es un movimiento tremendamente serio. Éste es un país muy acostumbrado a convertir la anécdota en categoría. El hecho de que diez, doce o catorce personas acampadas en la Puerta del Sol hayan montado no sé qué, se fumen diecisiete canutos o canten por la noche no significa absolutamente nada porque es normal en una concentración de 50.000 personas. ¿Qué quieres, que vayan vestidos de corbata, en fila india y mano en alto? Para mí lo único sorprendente de ese movimiento es lo tarde que se produjo. Pero es sincero, porque los datos cuantitativos los avalan: hay aproximadamente cinco millones de parados. ¿Cómo te va a extrañar que salgan a la calle? ¡Lo que te debe extrañar es que no hayan salido antes! ¡Lo verdaderamente extraño es que estuviesen aborregados hasta ahora!
Pues ha habido quien les ha criticado.
Siempre hay unos movimientos puramente reaccionarios que tratan de descalificar esto por la anécdota. Eso no cuela, eso no se vende. “Es que son movimientos de izquierdas y radicales porque han propuesto nacionalizar los bancos”. Pues mire: cuando uno está cabreado y cuando le está presionando la hipoteca, lo que propone es lo primero que se le viene a la cabeza. Pues claro: nacionalizar los bancos, porque quien les está jorobando es el banco, y quien les está machacando es el banco. ¿Qué quieres que propongan? El movimiento es mucho más extenso. Eso es sólo la punta del icerberg. Y las descalificaciones que se le han querido hacer, con perroflauta y eso, no consiguen nada. Es cierto que hay intentos de apropiarse del movimiento y de llevarlo por cauces distintos. Sí, pero no es solo eso. Porque no se conseguiría nada ensalzándolo si fuera falso de la misma manera que no se consigue nada vituperándolo si es cierto.
¿Trata con indignados?
Yo conozco a mucha gente joven y a gente joven que ha estado allí; gente joven de derechas, católica y apostólica. El 70% de los españoles entiende la protesta. Ya no entienden tanto las propuestas, pero no les pidas que además de protestar tengan una propuesta coherente. Todos los movimientos de este tipo son magmáticos; el cemento que los une es la protesta, une el cabreo y el cansancio. ¡Y así funciona la Humanidad! ¿O tú te crees que cuando se produce la Revolución Francesa hubo unas propuestas consensuadas? Lo que hay es un cabreo porque la situación ha llegado a un límite y no se puede hacer más. ¿O cómo se produce la Constitución de 1812? Cabreo contra un régimen absolutista.
Aquí hay instituciones democráticas.
Desde luego, pero vamos a ver. Un modelo social funciona a base de instituciones. ¿Qué es una institución? Una institución es una entelequia mental. Es un producto jurídico, que ahí se define, pero sobre todo es una entelequia mental. ¿Qué es el Tribunal Supremo? Un sitio en el que tú crees que dictas sentencias. Se basa por tanto en un conjunto de creencias. Es la masa cuántica de nuestras creencias la que crea una institución que se llama Tribunal Supremo. Sin esa masa cuántica es un edificio con unos señores vestidos de negro. Se ha perdido la confianza. Y cuando la confianza se desmorona en las instituciones capitales es cuando un sistema hace crash.
Usted escribió El Sistema en 1994.
Hace casi veinte años, sí. Y me costó carito. Pero si tienes la paciencia de leértelo, cosa que no aconsejo, te darás cuenta de que es exactamente lo que está pasando. ¿Por qué? Porque me daba cuenta de que lo que define a una institución es la confianza.
Confianza también en la justicia.
Una convivencia se basa en leyes. Las leyes se ejecutan a través de instituciones a las cuales llamamos justicia. Pero los que hacen las leyes son un problema y los que las ejecutan, otro problema. Nosotros inventamos el Derecho para sustituir la fuerza. Y si la ley no tiene la confianza de la gente no sirve absolutamente para nada. Por eso sale en televisión un héroe que paraliza la ejecución de un desahucio. ¡Eso es la ruptura de la regla del sistema! ¡Y el que rompe la regla del sistema es un héroe! ¿Te das cuenta de lo que está pasando? Es la ruptura de la base del modelo; el modelo está roto.
¿Y qué ocurre?
La película El sexto sentido está inspirada en el Libro Tibetano de los Muertos. Su tesis, bastante razonable, es que el acto de morir no puede ser una ruptura dramática. No lo es ni siquiera corporalmente, pero no lo puede ser en la dimensión integral del ser humano. Por tanto hay un plano de conciencia que cambia. Tú no tienes conciencia de que estás muerto, según la noción tibetana. Y por eso te relacionas en tu entorno; el protagonista de la película habla, cree que está cenando con su mujer y que la está escuchando: no sabe que está muerto. Todas las revoluciones se producen cuando hay gente que no sabe que está muerta, que cree que está viva. ¿Cómo unos desharrapados se van en el año 14 a tomar el Palacio de Invierno? Porque los que estaban dentro no sabían que estaban muertos, se creían zares. Los que iban en la Revolución Francesa camino de la guillotina pensaban que se que les estaba aplaudiendo. Cuando Oliver Cromwell mandó cortar la cabeza al rey le dijo: “Majestad, es que tenemos que administrar justicia; hay que cortarle la cabeza”. “¿A mí?”. Luego es verdad que también se la cortaron a Cromwell.
En España…
Aquí hubo un momento en que se produce en la base de la pirámide una ruptura de la confianza. Los de arriba no lo perciben. Siempre creen que hay una solución. ¡Siempre! Lo que sea. El tiempo, la mayestas (¡cómo van a venir contra el rey si soy de origen divino!)…
En Cataluña los diputados entraron en el Parlamento en helicóptero. Algún malestar percibieron.
Qué va, no se dan cuenta. Por una razón muy simple, y es que además desgraciadamente la tienen. Su argumento es el siguiente: protestan, critican, pero nos votan. Y como nos votan nos legitiman. Su argumento es un sofisma, pero funciona en el plano formal. Es como lo de los escolásticos: deja que yo te dé la premisa mayor y te demostraré que los gatos no tienen rabo. Pero les votan no para legitimarlos, sino porque hay una inercia. Hay una situación que es pésima, y de esta situación pésima se sale mediante un voto al que todos llaman mal menor. Vas a arreglar una cosa que es mala con algo que, por definición, es malo.
Lo que está diciendo usted es que la raíz del problema es la democracia.
El sistema parlamentario sí. La partitocracia está en crisis. Como modelo de monopolio de la participación ciudadana en los asuntos públicos está en crisis. Hay un momento en el que se inventa la democracia representativa, y se generan unos canales a través de los cuales se conduce. Esos canales son los partidos políticos y tienen una misión: canalizar el debate ciudadano hacia el Parlamento. Pero no hay debate ciudadano. Los partidos políticos, por acción o por omisión, y con una estrategia muy bien pensada, han laminado la sociedad. Tú te encuentras con la crisis que está padeciendo este país ¿y qué han dicho las universidades?, ¿y las academias?, ¿y los colegios profesionales?, ¿los intelectuales? ¿Dónde están? Y ahora de repente nos hemos dado cuenta de que hemos creado una sociedad en la que estamos solos y asustados
¿Hay miedo?
El miedo nos une. El empresario vive con miedo a quebrar mañana, al que no es empresario que le puedan echar mañana, el político con miedo a que le quiten la clase bussines o que tenga que entrar en el Parlamento en helicóptero. ¿Quién es capaz ahora de esbozar un modelo de país? ¿Tú has oído a alguien que diga qué se va a hacer con la agricultura? ¿Cuál es la industria que tenemos que tener? ¿Y la banca? Sólo hay proyectos de gobierno. Yo, como proyecto, quiero llegar al poder. ¿Para qué? ¿Por qué me hace usted esa pregunta si no tiene ningún sentido? Yo quiero llegar al poder por llegar, ¿o hay algo diferente? No les cabe en la cabeza. Y no se puede hacer absolutamente nada si no se produce una renovación a fondo de la clase política. Es imposible. Porque el software del político actual está programado para llegar al poder y una vez allí, mantenerse. Y no quiere saber más. Y como lo único que le importa es un voto, por él es capaz de hacer lo que haga falta.
¿Usted vota?
No, yo no voto. O sea, sí boto, salto a la comba. Pero si te refieres a si echo el voto, no.
¿Desde cuándo?
Nunca. Creo que voté una vez en el 82 a Felipe González. Y desde entonces, nada. Le voté porque me parecía que le venía bien al país y la verdad es que hasta un punto determinado fue así.
Entiendo que no vota porque no cree en los políticos.
No te equivoques. Una cuestión de fe es creer en lo que no vemos. Y yo lo he visto, ¿eh? Vaya si lo he visto. Yo tengo conciencia. Y sé que cuando la gente habla de cómo funciona la banca, los medios de comunicación o el poder habla de oído. Yo es que estaba allí. Y sé lo que hay detrás del teléfono. Sé cómo se hacen los editoriales de los periódicos, cómo se quitan y cómo se borran determinadas informaciones. Sé cómo se hacen los trabajos sucios. Y lo sé porque lo he vivido. Lo he visto con mis propios ojos o me lo han contado quienes han estado allí. Gente con cara, ojos, apellidos y nombres. No hablo de oídas. Así que yo no tengo falta de fe en los políticos. ¡Ojalá la tuviera! Yo sé que no hay nada que hacer, simplemente.
¿Tampoco hay nada que hacer para que usted baje a la arena?
Hay algo que me importa bastante poco en la vida y es una cosa que se llama Mario Conde. Como producto conceptuado, me refiero. A mí me interesa esto, lo otro, mi vida. Pero tiene gracia que en el año 1994 escriba un libro que se llama El Sistema y 17 años después se produzca un movimiento de gente joven cuyo lema es ‘Cambiar el sistema’. Vete a las hemerotecas, es un ejercicio que recomiendo mucho. Cuando había una revolución de algo, siempre se decía: “Son los antisistema”. Cuando los jueces protestaban porque querían más sueldo y más salario eran “un movimiento antisistema”. Si nacía un periódico que ponía en solfa la monarquía se le llamaba “antisistema”. Se había llegado a un punto que hasta inventaron en economía una palabra: ortodoxia. Para ser un buen empresario, un buen político y un buen economista tenías que ajustarte a la ortodoxia. Porque para hacer bien tu trabajo tenías que adecuarte al sistema, y el sistema te daba el atributo de legitimidad. El sistema es una red de intereses. No hay nada de ideología. En 1996 toma el poder Aznar y en 2011 está Zapatero. Casi dieciséis años; ocho para cada uno. En 1996 había movimientos que ponían en riesgo la unidad del Estado; ahora, peor. En 1996 empezaba la politización de la justicia de manera descarada; ahora, peor. En 1996 decíamos que el sistema financiero se estaba montando encima de la economía real; ahora, peor. En 1996 pedíamos una reforma laboral en los tiempos de bonanza para poder ajustarla en los malos tiempos: sigue sin hacerse. Ni ley electoral, ni aquella ley de huelga que se quería cambiar en 1996 por ser preconstitucional. Nada. Los elementos estructurales que definen la convivencia de un país no han sido tocados ni por el PSOE ni por el PP. Eso sí: se han insultado y se han llamado chorizos y robaperas. Porque lo que no se van a poner a hacer es a modificar el estatuto jurídico de los políticos, ni a cambiar la financiación de los partidos, ni a modificar los sindicatos, ni a plantearse las transferencias excesivas a las autonomías, ni a plantearse por qué el régimen autonómico ha generado 150.000 millones de deuda y los ayuntamientos otros 50.000 millones, que suponen el 20% del PIB y es el equivalente a casi diez años de pago de subsidio de desempleo. Pero no van a hacer nada porque les has votado. Si quisieras que lo modificaran no les votarías. ¿O qué pasa, que estamos en un país de incongruentes? “¡No estoy dispuesto a tolerar al señor Rubalcaba o al señor Rajoy porque me parecen un petardo!”. “¿Y qué va a hacer usted en las elecciones?”. ”Votarles”.
No se me ocurre una alternativa.
No se te tiene por qué ocurrir. ¿Y además por qué tienes que votar? Razónamelo.
Saramago escribió sobre una sociedad que votó en blanco.
Hemos tenido dos casos. Nosotros cedimos la soberanía monetaria al integrarnos en el euro. Ahora sabemos lo que es eso: sabemos que los tipos de interés se disciplinan en función de lo que le conviene a los alemanes y no a los españoles y a si a los alemanes les conviene un tipo de interés alto aunque a nosotros nos arruine, será alto. Eso se sometió a referéndum en Maastricht. Participaron el 40% de los españoles y votaron a favor el 62%. El diario El País tituló: “Casi el 70% de los españoles a favor del euro”. Fue el 24%. Y por el Estatuto de Cataluña votaron el 38%. A favor el 65%. Los periódicos dijeron: “El 65% de los catalanes a favor del Estatuto”.
¿Qué le parece la Constitución?
Pues que hay que ir a una reforma constitucional. No hay más remedio. El mito de que las constituciones no se pueden reformar es mentira. Si hay algún país en la historia que haya dicho que la Constitución se puede reformar, ésos son los anglosajones. Porque no la tienen. Son capaces de transformarte la carta de Juan Sin Tierra de 1215, que era una carta en defensa de los nobles y de la propiedad de sus tierras frente al rey, en una carta en defensa de la burguesía. Nosotros hicimos una Constitución en 1978, cuando la cosa estaba muy complicada. El sistema se había extinguido de la única manera que se puede extinguir: desde dentro. Por eso para terminar con el Movimiento se nombró jefe del aparato al ministro secretario general del Movimiento, Adolfo Suárez. Y como hubo que hacer muchas transacciones, esa Constitución nació vieja. ¡Pero bueno! Había que moverse y avanzar. Claro que el traje era muy estrecho, pero dio para ir andando. En este tiempo se produjeron dos cosas: la sociedad española ha engordado y el traje se ha ido deteriorando. Hay que plantearse la estructura del Estado de nuevo, porque aquello fue un empaste con el que salir de la dictadura y no pensar en el modelo de paz.
¿Qué cambios cree que hay que hacer?
Hay que plantearse el modelo territorial y la forma de Estado. Por ejemplo, hay muchísima gente que no entiende qué papel cumple aquí la monarquía de cara al futuro. Sí sabemos el que cumplió en el pasado, ¿pero de cara al futuro? ¿Por qué? Eso de la transmisión hereditaria…
Tiene en esta casa fotos con el Rey de España y con su padre, de quien fue muy amigo.
No soy monárquico. Y no lo soy por no aceptar los tres principios en los que se basa la monarquía: la transmisión genética del saber, que el mayor sea mejor que el segundo y, tercero, la primacía absurda del hombre sobre la mujer. Yo con eso no puedo. Lo cual no impide que haya tenido una inmensa amistad con don Juan de Borbón y haya ayudado mucho a su hijo. ¿Por qué? Porque mi relación con la monarquía no era por un convencimiento en la institución, sino porque ha funcionado en un momento determinado. Me lo planteé de manera muy pragmática. Salíamos de lo que no queríamos tener, que era la dictadura, con el vehículo que necesitábamos. Pero ya hemos llegado.
¿La sociedad española también?
El sentimiento monárquico de la sociedad no se ha extinguido. Hay un argumento que es falaz: la experiencia de la República ya la hemos tenido. ¿Y Francia? ¿Y Estados Unidos? ¿Italia? Otro argumento es: para tener un presidente de la República como Zapatero, pongo por caso, prefiero tener a un rey. Entonces no está usted cuestionando la forma de Estado. Porque si a usted le preocupa que Zapatero sea presidente del Estado, que no manda, más le tiene que preocupar que sea jefe del Gobierno, que sí manda. La monarquía hoy se basa en una cosa muy importante: a los españoles no les preocupa demasiado. Es un tema que bueno, cuando toque… Pero cuando una institución se legitima sobre la base de que hay otras cosas más urgentes, le llega su momento.
¿Ha llegado?
¿La monarquía ha contribuido en estos años a mejorar la noción de unidad de España? ¿La monarquía se ha legitimado en la sociedad civil o se ha legitimado en los partidos? Es decir, la monarquía, en el caso de que hubiera podido funcionar, tendría que haber arrancado su legitimidad directamente desde la sociedad civil, no desde los partidos políticos. Hubiera sido una monarquía que nosotros hubiéramos querido tener como un modelo, incluso, de compensación a los posibles desperfectos del sistema. Pero si la monarquía es el sistema, una parte más del modelo político jurídico… Afortunadamente puedo decir lo que pienso. En su momento sirvió. Hay algunos que dicen: “Bueno, hay que aclarar el patrimonio del rey”. Mire usted, no nos interesa lo cuantitativo porque la monarquía no es buena o mala en función del patrimonio legal o ilegal de uno, porque puede haber reyes buenos con patrimonios malos y viceversa. La monarquía holandesa es riquísima y no pasa nada.
¿Estas cosas usted las hablaba con el rey y con su padre?
Con el rey claro que lo he hablado. El rey sabía que yo no era monárquico, intelectualmente hablando. Pero sabe que soy leal a la institución. Para mí es el jefe del Estado mientras otra cosa no exista. Yo no tengo mucha simpatía por el señor Zapatero y pienso que no ha gestionado nada bien la crisis, pero cada vez que alguien utiliza adjetivos descalificativos hacia una persona que es presidente del Gobierno me está molestando a mí.
Pues en Intereconomía no se cortan.
Ah, bueno. Ni Intereconomía se corta en unas cosas ni El País se corta en otras. Es decir, cada uno no se corta en lo suyo.
Nosotros podemos pasarnos de nuestra raya porque los otros se están pasando de la suya. Salvando las distancias, es una filosofía muy de años 30.
Eso es. Este señor no es corrupto porque lo suyo son 36.000 euros robados y el otro ha robado 150.000. Mira, los italianos en ciencia jurídica son maravillosos Hay una escuela italiana de Derecho Penal que define lo que es delito. Dice: “Delito es sobrepasar, de manera clara, el nivel de inmoralidad media de toda sociedad”. Si te quedas en los niveles de inmoralidad media, eso no es delito. A eso añadió tiempo más tarde un italiano muy gracioso que decía: “Sí, sobrepasar los niveles de inmoralidad media, y que te pillen”.
¿Qué va a hacer con Fundación Civil?
Es un centro de pensamiento. Nunca será un partido. De ahí van a salir unas propuestas y una conciencia de la sociedad de que no tiene que pedir a los políticos, sino a exigir. El concepto de subordinación en España es alucinante. La tendencia de esta sociedad a resistirse a ser ciudadano para refugiarse en ser súbditos es increíble. Hemos sustituido los monarcas absolutos por los políticos absolutos. Vemos a un alcalde y nos creemos que es una encarnación de la divinidad. ¡Pero si es un empleado tuyo que vive de tu trabajo y tus impuestos! Eso en Estados Unidos lo tienen claro, pero aquí es tal la tradición autoritaria que tenemos, y tanta mentira acumulada para legitimar esa tradición autoritaria, que a la mínima somos súbditos. ¿Por qué les votamos? “Es que alguien me tiene que mandar, y si alguien me tiene que mandar prefiero que me mande éste que es menos malo que el otro”. Esto es así, ¿y con este caldo de cultivo en la gente qué reforma vas a hacer?
Usted aboga por una integral. Que vaya a la raíz.
Cuando yo tenía 27 años leí el discurso de un diputado en la Asamblea Nacional Francesa. Un tipo joven, listo, buenísimo. Me pareció uno de los discursos más notables que leí en mi vida. Dijo: “Quiero cambiar Francia y para cambiar Francia quiero cambiar los modos de comportamiento de los franceses. Y para cambiarlos necesito cambiar su modo de pensar”. Cuando veo cómo piensan los españoles, cuando veo esa vocación innata de súbdito que todavía tienen, me asusto. No se rebelan contra nada. Salen unos tíos a la calle en una situación que no hemos vivido, con una actitud que más pacífica imposible, y mira… ¿Tú sabes cómo fue el Mayo del 68? La violencia no consiste en pegarle al otro; la violencia es cualquier forma de agresión sobre el otro. Casi todas las instituciones que hemos votado derivan de la violencia. La violencia como la categoría. Violencia estructural. ¿Cómo nació si no la propiedad? De un tipo que se puso encima de un suelo y cuando el otro quiso pisarlo le dijo: “Ponte aquí y te pego un tiro, porque es mío”. “¿Tuyo por qué?”. “Pues mira, lo vas a entender: pum”. Y listo. Todas las instituciones que nosotros tenemos rezuman violencia. Por tanto, hay que rebajar el nivel de violencia, pero como estamos acostumbrados a vivir con la violencia y no como un convidado de piedra, sino como aquello con lo que desayunamos, comemos y cenamos, al final nos asustamos y nos hacemos súbditos.
martes, 23 de agosto de 2011
Tampoco creo que yo que sea tan parecida la crisis de hoy a la de 1929. Voy a dar otra visión que coincide en definitiva con la de Carlos, y no con la del libro que has mencionado. Con la autoridad que me da el haber sido casi testigo presencial de la crisis de 1929. La verdad es que algunas ventajas debía tener la vejez.
Yo en 1929 tenía doce años. Naturalmente no puedo hablar con conocimiento completo de la crisis de aquel entonces. Pero es que la crisis duró hasta 1933 o 1934, y tuvo otras consecuencias. Recuerdo perfectamente las fotografías de los parados norteamericanos. Los hombres con sus platillos para conseguir unas habichuelas y comer. Yo vivía la preocupación que había entonces por aquellos problemas. Todo esto —ya lo sé— no me da autoridad. Pero lo que he leído, y lo que he vivido después, me da alguna. La experiencia vital no se sustituye fácilmente por los libros.
Haré un diagnóstico contrastado de las dos crisis. La gran diferencia entre una y otra es que la de 1929 —que por cierto no empezó en Estados Unidos, sino que empezó en Austria: lo primero que cayó fue una institución austriaca, y de allí se propagó a un banco norteamericano, y ésa fue la gota de agua que desbordó las cosas, aunque esto hoy sea anecdótico— para mí fue una crisis de euforia, una crisis de juventud, propia de un país joven, una crisis de entusiasmo como el que se vivía en aquel entonces. Mientras que la crisis de ahora es una crisis de la vejez, de la decrepitud y del miedo. Trataré de justificar esto.
Quisiera hacerles vivir un poco lo que sí viví entonces, que fueron los felices años veinte. Los felices años veinte, un espíritu, una manera de vivir en Europa —incluso en la Europa medio destruida por la guerra—, de admiración hacia Estados Unidos. De Estados Unidos venía una idea de juventud, de ímpetu, de ir a por todas, de ganarlo todo fácilmente. Nosotros los chiquillos jugábamos a los vaqueros, y jugábamos con admiración. Entre las chicas se pusieron de moda los gorritos blancos de los marines norteamericanos, ésos que parecen una sopera puesta para arriba. Los llevaba todo el mundo. Y el jazz, y el charleston, y los negros, y Joséphine Baker en París.
Todo ello era una especie de irradiación tremenda de un país que acababa de sentirse ganador de una guerra, que acababa de sentir que entraba en el mundo al mismo tiempo que, claro, no entraba, porque, a pesar de que la Sociedad de Naciones fue una inspiración wilsoniana, norteamericana, luego Estados Unidos se automarginó de ella. Pero fue una explosión, una seguridad de que podían hacer lo que querían, porque el mundo era suyo. Y los cronistas de la época cuentan que, una vez verificada la crisis, si es verdad que hubo algún banquero que se tiró por un balcón y se suicidó, también es verdad que en aquel tiempo hasta los botones de los bancos compraban acciones. Se enteraban de que tal compañía convenía, y se compraba y se vendía alegremente, creyendo que todo podía ocurrir y que no pasaba nada. Era una crisis de eso, de inconsciencia, de inconsciencia adolescente.
Ahora estamos ante la crisis de un sistema que se siente amenazado. Porque el país más fuerte del mundo, el país que tiene el ejército más poderoso de todos, el país que se cree el emperador del mundo, tiene miedo. La gente en Estados Unidos tiene miedo. Todo les preocupa. La prueba es que renuncian a la libertad a cambio de que se les prometa seguridad, que además nadie les garantiza. Están dispuestos a ceder lo que sea con tal de conseguir seguridad.
Trataré de justificar esta tarde esta visión, porque es la que nos ilustra sobre el fondo profundo de la cuestión. Sobre lo que ha pasado desde 1929 hasta ahora. Casi un siglo, pero un siglo definitivo, un siglo importantísimo. Eso me parece fundamental. Luego podremos entrar en los detalles, pero a mí esto me parece que hay que verlo desde esta perspectiva. Si no comprendemos el momento histórico en que se encuentra la parábola de la vida del sistema capitalista occidental no comprenderemos nada. Creeremos que la crisis es algo que se puede arreglar. Y, efectivamente, la crisis se reparará: se le pondrán algunos parches y se arreglarán algunas cosas. Por cierto, noten ustedes con qué facilidad ha surgido dinero de debajo de las piedras, cientos de miles de millones, para ayudar a los bancos culpables del problema. Si se hubiera pedido para curar el SIDA en África o para educación no hubiera salido un millón de pesetas ni siquiera con treinta comités internacionales. Eso demuestra en qué situación del ciclo vital —porque las sociedades tienen su ciclo vital, y nacen, crecen y se hunden— estamos para comprender la transcendencia de la crisis.
Carlos Taibo. Llevas razón —creo—, desafortunadamente, en todo lo que has dicho. Si no estoy equivocado, la suma que el gobierno norteamericano ha asignado para rescatar a esas instituciones financieras es el doble de lo que el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo se proponía recaudar en diez años para encarar la resolución de los problemas más graves en materia de sanidad, educación, alimentación y agua. Subrayo: lo que el PNUD se proponía recaudar en diez años.
Creo que tiene sentido que reflexionemos sobre cuál es el significado de fondo de las políticas que el gobierno norteamericano y los gobiernos de los Estados miembros de la Unión Europea han desplegado en las últimas semanas. Alguien podría pensar que esos gobiernos están preocupados por los empleados de esas instituciones financieras; más aún, por quienes hace años contrataron esas hipotecas-basura. Me temo que quien así lo haga está muy equivocado. A nuestros gobiernos les preocupa la solvencia de los bancos como empresas, y poco o nada más. Esto me induce a pensar que una vez que esas instituciones estén saneadas, dentro de dos o tres años, volverán literalmente a las andadas. Y al respecto me permito proponerles una materia de reflexión que creo que apunta directamente a esa conclusión: no tengo conocimiento de que ni uno solo de los ejecutivos de esas instituciones financieras norteamericanas que han estado al borde de la quiebra haya sido encausado por un juez y corra algún riesgo de acabar en una cárcel. Esto, por sí solo, es un estímulo poderosísimo para que esas gentes vuelvan a hacer exactamente lo que han hecho los últimos años.
Sólo hay algo —me parece— que nos reconforta a muchos en el espectáculo que hemos tenido la oportunidad de observar las últimas semanas. Llevábamos años diciendo que esto iba a suceder. Llevábamos años subrayando que esta apuesta inmoderada que es la globalización capitalista en provecho de la gestación de un paraíso fiscal de escala planetaria —que debe permitir que los capitales, y sólo los capitales, se muevan a sus anchas en todo el globo, arrinconando a los poderes políticos y desentendiéndose por completo de cualquier consideración de cariz humano, social o medioambiental— tenía por fuerza que conducir a un caos de escala general en el que ahora estamos inmersos de manera visible. Creo que a estas alturas ya no tendremos que soportar que digan lo que han dicho tantos durante tantos años: que estábamos equivocados y que permanecíamos ciegos ante las bondades intrínsecas del modelo del capitalismo global.
José Luis Sampedro. Estoy completamente de acuerdo contigo. Por ejemplo, a mí se me ocurre que se podría hacer una investigación sobre algunos, al menos, de los banqueros que han tomado esas decisiones. No diré que los fusilen, verdad, pero, por ejemplo, no estaría mal inhabilitarlos durante cinco o diez años para el ejercicio de cargos. Porque, si no, estos señores se van y dentro de tres años fundan otro banco. Muchos han perdido dinero, desde luego. Más bien han dejado de ganarlo. Pero, de todas maneras, cuando quieran, vuelven a lo mismo, como dices tú muy bien. El sistema está para eso.
Les voy a contar una anécdota rigurosamente cierta. Cuando en España se implantó hace cincuenta años el plan de estabilización —algunos lo recordarán—, ocurrió que en un año determinado, creo que fue en 1957, bajó la renta nacional, esto es, España produjo un poco menos, lo que no impidió que los bancos ganasen un poco más. Es lo que está pasando ahora: ustedes verán que los bancos, a pesar de la crisis, siguen ganando. Se le hizo entonces una entrevista a un banquero importante en aquellos años, don Pablo Garnica, que era del Banco Español de Crédito, y el periodista le dijo: "Pero bueno, don Pablo, ¿cómo es posible que cuando el país produce menos los bancos, en cambio, ganen más?". Don Pablo Garnica, con la verdad más honesta, respondió candorosamente: "No lo hemos podido evitar". Esto es rigurosamente histórico: "No lo hemos podido evitar".
¿Por qué no pudieron evitarlo?: porque el sistema está para que gane la banca, como en las ruletas de los casinos. El sistema es para eso. ¿Qué quiere decir capitalismo? Que es del capital: pues que gane el capital. Pero volvamos a lo de la patente de corso de la que disfrutan estos señores, que permitirá que no les pase nada. En cambio, si un pobre alcalde, queriendo arreglar algo, se pasa un poco de listo, lo embaúlan.
Pero también yo quiero decir algo de cómo durante años se han estado metiendo con quienes pensábamos de otra manera. Los neoliberales decían que éramos unos atrasados y que la libertad es la solución, la libertad del mercado. Bueno, pues no me duelen prendas. Yo publiqué en 2003 —ya que tengo el micrófono voy a hacer publicidad— un libro que se llama El mercado y la globalización, y allí está explicado todo eso. Y lo pueden entender hasta los ministros, si hace falta, ¿verdad? Esta clarísimo: el mercado es indispensable, naturalmente, para cualquier civilización adelantada, porque tenemos que hacer intercambios y el mercado es un centro de distribución. Lo que no es de ninguna manera es un repartidor justo de los bienes. Tampoco es un consejero excelente en materia de inversión: no sirve para decirnos en qué debemos meter dinero hoy para producir beneficios dentro de un año. Porque al mercado lo único que le interesa es la ganancia. Y se dice: sí, pero consigue igualar siempre la oferta y la demanda. Los compradores y los vendedores llega un momento en que se ponen de acuerdo, coinciden en un precio y se ajustan las curvas, como dicen los expertos. Sí, muy bien, pero a lo mejor se ajustan a un precio tal, como se ha dicho más de una vez, que los pobres no pueden comprar la leche a ese precio mientras los ricos la pueden comprar tranquilamente para sus gatos, en tanto los otros no la pueden comprar para sus hijos.
De modo que el mercado no puede servir de defensa para nada. Y además no es la libertad. Hay un economista, Milton Friedman, que recibió el premio Nobel y que publicó un libro titulado La libertad de elegir. Y la libertad de elegir era el mercado. Bueno: pues vaya usted al mercado sin dinero en el bolsillo y vamos a ver qué elige usted. Esto quiere decir que la libertad la da el dinero que usted lleva, y no el mercado.
De modo que tenemos que defendernos frente a esos neos que lo que hacen es justificar los deseos de los ricos. Otro economista famoso —que por cierto murió, como Friedman, en 2006— fue Galbraith, quien explicó en uno de sus libros que casi todo lo que han escrito los economistas, la mayoría de ellos, en los últimos decenios —escribía esto en la década de 1990— ha sido justamente lo que los ricos querían que se dijera, porque les favorecía. Toda la teoría de los neoliberales es simplemente esto.
Y termino con unas palabras sobre la libertad, de la mano de otra anécdota. Uso las anécdotas porque ayudan fácilmente a comprender. Siempre hay que preguntar: la libertad, ¿para quién? Porque la libertad no es lo mismo para unos que para otros. Un banquero, otra vez un banquero, norteamericano de principios del siglo XX, el banquero Morgan llamó un día al director de su gabinete jurídico y le explicó que quería hacer una operación para quedarse con otro banco, por las buenas o por las malas, y que quería saber qué tenía que hacer. El abogado estudió cuidadosamente la cuestión y regresó para decirle que las leyes impedían realizar esa operación. Morgan le respondió —fíjense en la frase—: "Oiga, yo no le pago a usted para que me diga lo que puedo o no puedo hacer. Le pago a usted para que me diga cómo puedo hacer lo que quiero hacer". ¿Se dan cuenta de lo que era la libertad para el señor Morgan? En manos del poderoso, la libertad sirve para hacer lo que le dé la gana con los demás. Para poder imponer su voluntad a los demás. Mientras que para el pobre desgraciado la libertad consiste simplemente en que le dejen vivir su propia vida sin reventar a nadie. Es la gran diferencia.
De modo que cuando se habla de libertad conviene recordar que el mercado es libre para el poderoso. Para el que no tiene un duro, no es libre porque no es. Digo esto un poco en desahogo frente a lo que hemos tenido que escuchar de los furibundos, que seguirán pensando lo mismo. Ayer o anteayer aparecía en un periódico un artículo de un diputado del Partido Popular por Cantabria que justificaba todavía la libertad absoluta del mercado. Porque sin éste —decía— no se puede vivir. Pues ahí tiene usted las consecuencias, aunque seguirán haciendo lo mismo. Lo que justifica la esperanza de personas como tú y como yo es que cada vez les será más difícil hacerlo, por las razones que has apuntado al principio. Porque existen otras crisis, porque existen otros condicionamientos y porque existe otra situación internacional. No porque comprendan que no tienen razón y que no deben hacer lo que pueden hacer. No, sino porque no van a poder hacerlo. Sencillamente.
En la literatura sobre el decrecimiento —de esto al fin y al cabo estoy hablando— hay una anécdota, omnipresente, que voy a intentar rescatar porque creo que da en el clavo de muchas de las miserias de nuestras percepciones. Una de las versiones de esa anécdota se halla ambientada en un pueblo de la costa mexicana. Un paisano está, medio adormecido, junto al mar. Un turista norteamericano se le acerca y entablan conversación.
El turista le pregunta:
—"Y usted, ¿a qué se dedica? ¿En qué trabaja?".
El mexicano responde:
—" Soy pescador".
—"¡Vaya, pues debe ser un trabajo muy duro! Trabajará usted muchas horas".
—"Sí, muchas horas", replica el mexicano.
—"¿Cuántas horas trabaja usted al día?".
—"Bueno, trabajo tres o cuatro horitas".
—"Pues no me parece que sean muchas. ¿Y qué hace usted el resto del tiempo?".
—"Vaya. Me levanto tarde. Trabajo tres o cuatro horitas, juego un rato con mis hijos, duermo la siesta con mi mujer y luego, al atardecer, salgo con los amigos a tomar unas cervezas y a tocar la guitarra".
El turista norteamericano reacciona inmediatamente de forma airada y responde:
—"Pero hombre, ¿cómo es usted así?".
—"¿Qué quiere decir?".
—"¿Por qué no trabaja usted más horas?".
—"¿Y para qué?", responde el mexicano.
—"Porque así al cabo de un par de años podría comprar un barco más grande".
—"¿Y para qué?".
—"Porque un tiempo después podría montar una factoría en este pueblo".
—"¿Y para qué?".
—"Porque luego podría abrir una oficina en el distrito federal".
—"¿Y para qué?".
—"Porque más adelante montaría delegaciones en Estados Unidos y en Europa".
—"¿Y para qué?".
—"Porque las acciones de su empresa cotizarían en bolsa y usted se haría inmensamente rico".
—"¿Y para qué?".
—"Pues para poder jubilarse tranquilamente, venir aquí, levantarse tarde, jugar un rato con sus nietos, dormir la siesta con su mujer y salir al atardecer a tomarse unas cervezas y a tocar la guitarra con los amigos".
José Luis Sampedro. Como soy más viejo puedo decirte que eso está contado por John dos Passos en Rocinante vuelve al camino. Es exactamente la misma historia con unos arrieros que van con unos mulos por la provincia de Granada. Quiero sumarme a la defensa del decrecimiento. La idea misma de desarrollo económico es una degeneración que forma parte del ciclo vital de Occidente. La degeneración de las ilusiones de la razón a partir de los siglos XV y XVI, que es cuando nace Europa. Si en el siglo XV están los humanistas —no voy a hablar ahora de ello—, el siglo XVI es el de la razón y el XVIII es el de las Luces y la Ilustración. En el XIX de lo que se habla es de progreso, palabra que tiene un sentido más material que el mundo de la Ilustración y las Luces. Pero eso del desarrollo se refiere casi exclusivamente a la economía. El progreso es un visión que apunta al perfeccionamiento general del ser humano: progreso es mucho más que crecimiento. Mientras el progreso es más conocimiento, más sensibilidad, más arte, más ciencia, el desarrollo se acaba quedando en puro desarrollo económico. ¿Por qué? Porque es lo que interesa en una civilización cuyo Dios es el dinero y que ha hecho —como decía Marx, y en eso tenía razón— de todo una mercancía. Y eso nos lleva a poner de manifiesto que efectivamente el proceso actual consiste en tratar de conseguir más y más de la productividad, todo esto que ha citado Carlos.
Aunque ahora la palabra innovación es casi más importante que la palabra desarrollo. Se habla de innovación como si fuese un gran descubrimiento que nos lo va a resolver todo. Pero no se cae en la cuenta de que la innovación tiene varios filos: hay una innovación productiva y una innovación de conocimiento —de una nueva medicina, de un nuevo material…—, pero hay otra innovación meramente comercial que consiste en cambiar la etiquetita del envase y hacer que el teléfono móvil de hoy tenga un botón más de tal forma que el de ayer quede anticuado. Lo que se trata es de halagar nuestro status social: si yo llego a la oficina con el móvil del año pasado, no soy igual a quienes llegan con el móvil de ahora, que mira que botoncito tiene, se aprieta y toca La Marsellesa. Se inventan estos trucos. Se hace en el mercado con todo, con los alimentos, se cambia el envase, se le añade una cosita, se dice "Ahora con Pitifax salen los pelos en la calva". Pero esa innovación no tiene ningún interés técnico, ningún interés productivo: sólo responde al interés de la ganancia. Y el mercado se vale de las técnicas del propio mercado, y de la psicología, y sobre todo de la sensación de identidad que permite recordar que uno pertenece al grupo de los más avanzados, que uno tiene el automóvil que tienen los demás en la oficina…
Todo eso se explota —como has dicho muy bien— para hacernos comprar lo que sea. Y todo eso conduce a un despilfarro tremendo, a una acumulación de basura. Dice mucho de nuestra civilización que la basura de Nápoles haya que mandarla en trenes a Suiza. ¡Ya está bien! Imagínate lo que es un tren cargado de basura recorriendo un país tan hermoso como Italia, pasando por Florencia, pasando por Turín, con su basura. ¡No saben ni siquiera estropear la basura! Es monstruoso. Y resulta que efectivamente nos obligan a todos estos despilfarros. Lo que acaba ocurriendo es que —vuelvo a lo mismo— esto no se corregirá por voluntad de los dirigentes, ni porque razonen ni porque caigan en la cuenta de que esto no se puede hacer. Ocurrirá porque se hará evidente que no se puede seguir así.
Por cierto, voy a hacer un paréntesis: la ayuda al desarrollo en la forma en que la entendemos hoy empieza en enero de 1949 en el discurso que pronuncia el presidente norteamericano Truman en su toma de posesión. En un punto del discurso que se hizo famoso como el punto cuarto —yo estaba ya trabajando como economista y me llamó la atención, como a todo el mundo—, Truman advirtió que se iba a desplegar un nuevo gran programa para ayudar a los países en desarrollo. ¿Qué había detrás? Detrás se hallaba Estados Unidos, que acababa de ganar la guerra, que prácticamente no tenía colonias en el mundo y que estaba pensando ya en perfilar las propias. Con el pretexto de las ayudas y de la intervención se trataba de ir preparando un mundo colonial como el que tenía Europa. Luego vino la descolonización y las cosas cambiaron, pero en origen el proyecto era claramente colonialista.
Bueno, pues bien, y con esto termino: es imposible seguir haciendo lo que hemos venido haciendo hasta ahora a costa de destrucciones irreversibles. Algunos de los últimos estudios que he leído sobre esto afirman que para dar a toda la humanidad el nivel de vida de Gran Bretaña harían falta tres planetas Tierra. Porque el planeta Tierra ya no tiene capacidad para regenerar lo que destruimos cada año. Todavía en los años ochenta o noventa se podía contar con que había una regeneración suficiente. Ahora ya no la hay, porque estamos destrozando la casa en que vivimos. Ésta es la situación, aunque no les interese verla porque siguen ganando a corto plazo. Bueno, pero no es posible continuar.
Y son necesarias dos cosas. La una —me apunto claramente— es el decrecimiento, que implica tener sentido de la medida, que es algo de lo que esta cultura nuestra carece; los griegos sí que lo tenían y contaban con una diosa contra la desmesura, Némesis. La otra es la redistribución, porque pensar que con la ayuda al desarrollo que se da ahora, muy inferior —como acabas de citar— al dinero que se entrega para sostener los bancos en Estados Unidos, se va a llevar a los pueblos pobres al nivel de los ricos es una ilusión, que no sirve más que para calmar conciencias de los ricos y para dar alguna esperanza a algunos pobres ingenuos. Es completamente ilusorio. Si no hay detención del crecimiento y redistribución no se podrá continuar.
Me permitiréis que de nuevo rescate un par de ejemplos de lo que quiero decir. Hace varios siglos los campesinos en la Europa mediterránea solían plantar higueras y olivos de los que sabían no iban a disfrutar sus hijos, sus nietos ni sus biznietos: estaban pensando con claridad en las generaciones venideras, algo que, por desgracia, no está ahora en nuestro horizonte mental. Vaya el segundo ejemplo. Cuenta la leyenda que hace unos años un grupo de misioneros se adentró en la Amazonia brasileña y se topó con un grupo de indios que hacía uso de instrumentos extremadamente primitivos para cortar leña. Los misioneros decidieron hacer un esfuerzo y regalar a aquellos indios unos cuchillos de acero inoxidable de fabricación norteamericana. Un par de años después recalaron de nuevo por aquella región y se entrevistaron con los indios. Uno de los misioneros preguntó:
—"¿Que tal los cuchillos?".
Y uno de los indios respondió inmediatamente:
—"Muy bien. Cortamos ahora la leña diez veces más rápido que antes".
El misionero replicó:
—" Estaréis entonces produciendo diez veces más leña que antes".
EL indio respondió perplejo:
—" No. Cortamos la misma cantidad de leña que antes, sólo que ahora disfrutamos de diez veces más tiempo para hacer aquello que realmente nos gusta".
Me temo que, de nuevo, este esquema mental no forma parte de nuestra percepción de los hechos económicos y sociales más elementales.
José Luis Sampedro. Quiero corroborar todo esto con otros ejemplos. Una vez tuve ocasión de acudir a una reunión a la que asistió Miguel de la Cuadra Salcedo, un hombre —ustedes lo saben— que ha viajado por todas partes. Un personaje muy interesante. Entre otras cosas le pregunté cuáles eran los pueblos más felices de cuantos había visto por el mundo. Me dio dos nombres que a mí no se me hubieran ocurrido jamás: uno, los beduinos del desierto de Arabia; otro, los esquimales de Groenlandia. ¡Pensar que en dos climas tan difíciles como el desierto árabe y el de quienes viven en casas de hielo con pieles, como lo hacen los esquimales, haya podido haber felicidad! Pues la hay.
En otra ocasión leí un estudio de un antropólogo que trabajó con los bosquimanos en el sur de África. Por cierto: creo que el progreso los ha echado de su territorio. Decía que se hallaban entre las gentes más felices del mundo y que, como tú cuentas, con un poco de trabajo y de recolección de frutos vivían tranquilamente y no querían nada más. Hay culturas enteras cuyo objetivo principal no es el beneficio económico. Su objetivo principal no es apoderarse de las riquezas naturales, destruirlas y estropearlas, sino todo lo contrario: armonizarse con ellas. Pensamientos como el budismo o el taoísmo nos llevan a solidarizarnos con el mundo exterior, a vivir en armonía con lo que nos rodea y a aprovecharlo, pero a aprovecharlo con sensatez. No con despilfarro ni con destrucción ciega y loca.
Como dices tú muy bien, lo que se trata es de dedicar menos tiempo, si se tiene una innovación productiva, a conseguir lo que necesitamos y más a aquello que nos gusta hacer. Es un cambio necesario en las mentalidades que, claro, nos lleva a otro problema: la educación. El problema es que la mayoría de los educadores conciben hoy la investigación y el desarrollo en sentido material, en sentido físico, químico, mecánico, biológico…, pero no en el sentido de actitud del ser humano frente a otros seres humanos y frente al mundo.
De aquí pueden derivarse dos horizontes distintos. El primero, a mi entender, es una edad de oro para los movimientos de contestación del sistema, que van a ver cómo muchos de los mensajes, aparentemente radicales, que manejaban desde tiempo atrás —por ejemplo, el relativo al decrecimiento—, van a encontrar adhesiones mucho más amplias. El segundo de los horizontes es, claro, mucho menos halagüeño. Hace unos años se tradujo al castellano un libro de un periodista alemán llamado Carl Amery. El libro se titula Auschwitz. ¿Comienza el siglo XXI?. ¿Qué es lo que nos dice Amery? Lo que señala es que estaríamos muy equivocados si concluyésemos que las políticas que abrazaron, ochenta años atrás, los nazis alemanes remiten a un momento histórico coyuntural y, por ello, literalmente irrepetible. Antes bien, Amery sugiere que debemos examinar con detalle el sentido preciso de esas políticas porque bien pueden reaparecer entre nosotros, no defendidas por marginales grupos neonazis, sino alentadas por algunos de los principales centros de poder político y económico. Estos últimos, claramente conscientes de la escasez que se avecina, se mostrarían firmemente decididos a defender una suerte de darwinismo social militarizado encaminado a preservar para una estricta minoría los limitados recursos que se hallan a nuestra disposición.
Me temo que debemos considerar seriamente este horizonte de barbarie e interpretar que se equivocan los muchos futurólogos que, a la hora de imaginar escenarios delicados, los consideran siempre derivados de amenazas como la que supone Al Qaida. Intuyo que es mucho más amenazante para el futuro el conjunto de políticas que despliega ese ciudadano norteamericano al que acaba de referirse José Luis Sampedro
De todas maneras, a mí me parece que hay un sector de nuestra cultura, que, éste sí, es extremadamente dinámico. Hablo del sector científico. La ciencia está adelantando prodigiosamente cada día, de manera admirable. Lo que pasa es que nuestro pensamiento, nuestra cultura, nuestra civilización, no está a la altura de los instrumentos técnicos y científicos de que dispone. No sabemos administrarlos: por eso protagonizamos el disparate del despilfarro, de la destrucción, y somos incapaces de hacer lo que hacían aquéllos cortadores de leña de la anécdota que ha retratado Carlos. Tenemos unos medios extraordinarios pero sólo los utilizamos para destrozar cada vez más, y no para tocar el violín un rato todas las tardes. Esto último implicaría unas actitudes y una formación cultural completamente distintas de aquellas con las que contamos y completamente distintas de las que proporciona la educación que nos imprimen.
Porque se nos educa para ser consumidores y productores, productores y consumidores, y más bien borregos que ciudadanos. La educación para la ciudadanía no interesa: lo que interesan son la fidelidad y la borreguez. Para que seamos sólo productores y consumidores. Y entonces, y claro, mientras la ciencia avanza a esa velocidad, no lo hace el nivel cultural, ya no en el sentido del conocimiento de muchas cosas, sino en el del conocimiento de las cosas importantes, el sentido de la vida, de los valores vitales frente a los valores económicos y productivos. Mientras todo eso no esté a la altura de la evolución de la ciencia, ésta seguirá poniendo armas en manos de los destructores. Por eso me felicito de la barbarie contra los destructores.
Pero a mí me parece —y voy a hacer una fantasía— que estamos quizá ante un momento que va a significar una nueva metamorfosis del ser humano, como la de los insectos. La primera gran metamorfosis del ser humano fue cuando adquirió la palabra. Entonces, cuando el simio, el prehombre, adquirió la palabra, se transformó profundamente, se convirtió en ser humano y accedió a la cultura. Me pregunto a veces si, combinados, ciertos progresos científicos —en la neurobiología, en la nanotecnología, en la informática— no podrán operar una transformación profunda del hombre. Con la cultura y la palabra el hombre creó un mundo que no es natural, que es creación humana, aunque utilice elementos naturales. Transformó el mundo natural en un mundo, además, cultural. Me pregunto si, por ejemplo, instalando chips, algo que ya se hace, en los miembros humanos o mandando ondas cerebrales a los chips instalados podemos acabar en una cultura en la cual lo que se ha transformado no es el mundo, sino el hombre mismo, cambiado profundamente de resultas de la aplicación de la técnica. Pero esto es ya fantasía y no sé si es el momento de engañarme.
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